lunes, abril 15, 2024

Stalin-Beria. 2: Las purgas y el Terror (4): El Terror a cámara lenta

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El pacto Molotov-Ribentropp
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No hay peor ciego que el que no quiere ver
Que no, que no y que no



 

Mientras decía que era un demócrata de toda la vida, Stalin ponía a funcionar la máquina de emascularse comunistas y gente en general, empezando por Leningrado, ciudad marcada desde el asesinato de Kirov como contaminada por la perversión política. En marzo de 1935 antiguos burgueses y aristócratas, funcionarios, empleados y mercaderes residentes en la ciudad fueron exiliados en masa, ellos y sus familias, tras avisos en tal sentido que se hacían 24 horas antes del viaje. En buena parte el objetivo fueron los viejos burgueses; pero, también, entre 30.000 y 40.000 obreros (esos por los que el comunismo lo hace todo) fueron deportados de Leningrado y enviados con sus familias a la Siberia septentrional. De hecho, en las aldeas y campos de trabajo siberianos se hizo moda hablar del “torrente de Kirov” para definir a esta masa de gente que llegaba de repente. Otro termino que se hizo popular aquel año fue dvurushnik, algo así como “persona de dos caras”. El objetivo número uno de la purga silenciosa del 35. De hecho, meses después, en 1936, el gran éxito en los cines soviéticos fue una película de Iván Alexandrovitch Pyryev, El carné del Partido, en el que el principal personaje, un tal Pavel, roba el carné del Partido de su mujer, una devota comunista, para sus bisnes; provocando que ella acabe expulsada del Partido (eso, en una URSS en la que todo el mundo sabía que la expulsión del Partido no era sino la cárcel a cámara lenta). Obviamente, la película trataba de provocar que todo buen comunista denunciase a los dvurushnik de los que tuviese noticia, aunque fuesen sus maridos, hijos o padres.

Las purgas de 1935 también tuvieron por objetivo importante la denominada Sociedad de Antiguos Exiliados y Convictos Políticos; una reunión, pues, de viejos bolcheviques de primera hora; algo así como la Guardia de Franco o la Hermandad de Ex-Combatientes, pero en rojo. Buena parte de los miembros de esta sociedad de altísima capacidad moral, nacida de que todos ellos habían catado las cárceles zaristas, tendía a despreciar a Stalin como heredero de Lenin. En los primeros meses del año, muchos de los miembros de Los Viejos Bolcheviques, como normalmente se los conocía, fueron al maco por esto y por lo otro. A mediados de aquel 1935, Stalin disolvió la Sociedad de Veteranos Bolcheviques y la Sociedad de Antiguos Prisioneros Políticos. Los archivos de estas dos asociaciones de bolcheviques de toda la vida fueron confiados a una extraña comisión formada por Yezhov, Malenkov y Matvei Fiodorovitch Shkiryatov. Es muy probable que estos ficheros sirviesen, en los meses y años posteriores, para señalar objetivos a la policía política.

La operación por la cual el Partido se hizo con la documentación de los Viejos Bolcheviques no era sino un elemento más de una estrategia más generalizada conducente a acopiar los materiales escritos y testimonios que pudieran desmentir la versión estalinista del pasado del Partido. La Glavlit, es decir la organización censora del Partido, trabajó duramente durante aquellos meses para embargar y clasificar miles y miles de papeles, entre ellos todos los trabajos de Trotsky, Zinoviev y Kamenev. En una directiva de junio de 1935 a la Biblioteca Lenin, la orden conducente a hacer desaparecer de la circulación las obras de determinados autores incluía a los ya citados y a otros como Alexander Gavrilovitch Shliapnikov, el líder de lo que se dio en llamar la Oposición Obrera; Yevgheni Alexeyevitch Peobrazhensky, Lunacharsky o Vladimir Ivanovitch Nevsky; Nevsky, de hecho, dirigía la Biblioteca Lenin, y fue arrestado aquel 1935 por tirar a la papelera una orden de Stalin que le obligaba a hacer desaparecer de los anaqueles determinados libros.

Tras unos meses de desarrollo más o menos descoordinado, en mayo de 1935 las purgas habían adoptado una complejidad suficiente como para mejorar la coordinación del proceso. En dicho mes, pues, se creó una Comisión de Seguridad del Estado. Bajo la presidencia de Stalin, formaron parte de la misma: Yezhov, Zhdanov, Shkiriatov y Malenkov. Esta Comisión creó un Departamento de Seguridad del Estado en el que estaban Posbrekyshev y Malenkov por el Comité Central, Agranov e Iván Alexandrovitch Serov por la NKVD, Shkiriatov por la Comisión de Control del Partido, y Vyshinsky como Fiscal general, ya que había conseguido sustituir a Akulov. En realidad, el coordinador era Serov, y tenía más de 150 personas a su cargo, subdivididas en grupos, normalmente por tipos de industrias o actividades.

Como siguiente paso, Stalin propuso en una sesión del Orgburo que se procediese a un proceso masivo de revisión de la documentación de los miembros del Partido. El 13 de mayo, en una instrucción a todos los órganos del Partido, y pretextando casos localizados de personas que habían obtenido carnés del Partido de forma fraudulenta, se ordenaba una revisión a fondo de la documentación en poder de todo el mundo.

En total, se ha estimado que, entre unas cosas y otras, entre mayo y diciembre de 1935 fueron expulsados del Partido unas 190.000 personas.

Uno de los territorios donde la revisión de la documentación se hizo más a fondo y, por así decirlo, con más resultados, fue la Georgia de Beria. En junio, Beria intervino en una conferencia de cuadros del Partido en la que se explayó sobre los objetivos de la proverka o revisión de la documentación. Se trataba de aflorar a no comunistas y enemigos del Partido emboscados en el mismo. Sólo en Georgia, las expulsiones del Partido fueron varios miles, o el 19% de los miembros totales.

El proceso fue acompañado de medidas represivas. Abel Yenukidze, el revolucionario que había tenido la mala idea de retratar a Stalin como un yogurín revolucionario sin mando ni hostias, fue colocado bajo vigilancia policial. Aunque no fue arrestado hasta finales de 1936, su pública caída en desgracia fue como hacer sonar las trompetas de la cacería de viejos bolcheviques georgianos.

Los cambios organizativos que preparaban las purgas, notablemente la creación de la NKVD, lógicamente también se vieron en Georgia. A finales de 1934 Sergo Arseni Goglidze, buen amigo de Beria, fue nombrado director de la NKVD transcaucásica en lugar de Tite Ilarionovitch Kipanidze, que fue enviado a Crimea. Goglidze se convirtió en una pieza fundamental para Beria en las purgas georgianas.

Beria repartió cartas. Rapava, Rukhadze y Kobulov siguieron en la NKVD, es decir a las órdenes de Goglidze; pero otros saltaron al Partido. Dekanozov fue elegido secretario del Comité Central y, más tarde, ministro de Alimentación y miembro del Buro desde 1935. Merkulov se convirtió en jefe de Departamento del Comité Central. Y Milshtein se convirtió en un secretario de Comité de distrito o raikom.

La nueva Constitución de 1936, por otra parte, venía a suponer la disolución de la Federación Transcaucásica. El Zakraikom, por lo tanto, iba a ser disuelto, y Beria se quedaría sólo con el Partido en Georgia. El roto no era importante, cuando menos mientras Bagirov siguiese controlando Azerbayán. Sin embargo, otra movida era Agasi Gevondovitch Khandzhian, el líder armenio. Khandzhian tenía una muy pobre imagen de Beria y, de hecho, había protegido ostensiblemente a su ministro de Educación, Nesik Stepanian, cuando había asimismo criticado el libro de Beria. Los armenios, además, estaban intentando obtener, al calor de nueva Constitución, una mayor autonomía para su república.

El 9 de julio de 1936, a su regreso de una visita a Moscú, Khandzhian paró en Tibilisi para asistir a una sesión del Zakriaikom. Este pleno, presidido por Beria, se caracterizó por criticar abiertamente al armenio por excesivamente nacionalista. El 11 de julio, el Zakraikom y el Comité Central del Partido en Armenia anunciaron que su líder se había suicidado en Tibilisi y ya de paso, lo condenaba por sus desviaciones. Es bastante probable que fuese Jason Bourne. El comunicado, en todo caso, era un comunicado llave en mano, ya que proveía de una explicación para el suicidio: el armenio estaba deprimido porque tenía tuberculosis. A los dos días, el Comité Central armenio, comprendiendo el signo de los tiempos, elaboró una larga diatriba contra su otrora tísico jefe.

La cosa, sin embargo, no quedó así. Muchos armenios, sobre todo los exiliados, comenzaron a dudar claramente de la versión oficial. La cosa quedó como quedó, pero lo cierto es que en 1961, durante el catárquico XXII Congreso del Partido, Alexander Shelepin habría de declarar ante sus camaradas comunistas que Khandzhian había sido asesinado personalmente por Beria en el despacho de éste; pero, bueno, este tipo de acusaciones, en la Unión Soviética, y estando ya el apelado criando malvas, hay que tomarlas siempre con cuidado. Aparentemente, existieron testimonios de dos cuadros comunistas que estaban en el despacho de al lado, y que escucharon un disparo. Entraron y vieron a Beria delante del cadáver del armenio, con una pistola en la mano. Buscando lógicamente conservar sus gañotes, se apuntaron a convertir aquello en un suicidio; es decir, la alambicada teoría según la cual quien disparó fue el bacilo de Koch.

La investigación oficial, sin embargo, fue en otra dirección. Khandzhian había estado cenando con unos colegas armenios, entre ellos su amigo capicúa, Amatumi Simoni Amatumi, que lo sucedería en la secretaría general armenia. El líder se fue a una habitación continua a dormir. Tiempo después, el teléfono comenzó a sonar y nadie lo cogía (la llamada era de Beria; detalle bien colocado en la investigación para demostrar que Beria no estaba con él). Un guardaespaldas entró en el dormitorio a cogerlo y se encontró todo el crocanti. El informe era lo suficientemente sincero como para establecer que nadie había oído un disparo; por ello, insinúa que tal vez Khandzhian pudo ser disparado en otro lado y que después alguien, quizás Amatumi, montó el suicidio. Sin embargo, la conclusión final más probable era el propio suicidio.

Tras la muerte de Khandzhian, ya no quedó obstáculo alguno para que Beria limpiase el PC armenio, cosa que hizo en las semanas subsiguientes.

En el conjunto de la URSS, a principios de 1936, cuando hubo terminado la operación de revisión de la documentación del Partido de sus miembros, se impulsó una campaña de cambio. Los carnés existentes, que respondían a un modelo de 1926, serían reemplazados por un nuevo carné. En realidad, el cambio de tipo de documento era lo de menos; lo demás era que, en el proceso, se buscaba centralizar la información sobre los miembros del Partido, hasta entonces muy dispersa. De esta manera, se quería mejorar la capacidad de perseguir, y actuar contra, todos aquellos miembros del Partido que, en realidad, no participaban en la vida del mismo. En otros puntos de la Historia de la URSS que vamos relatando a base de notas veremos a Konstantin Ustinovitch Chernenko triunfando como plumilla de la propaganda comunista a base de organizar encuentros ideológicos en los que podía exhibir una asistencia mayoritaria. Chernenko se atribuía el éxito, aunque en realidad no era suyo: era de Stalin, y el férreo control de lo que cada militante hacía o dejaba de hacer que implantó.

La campaña de cambio de carnés, además, vino a suponer otra oleada de expulsiones, puesto que sirvió para localizar a los elementos pasivos del Partido. Sin embargo, hasta Stalin se dio cuenta de que aquello era un error, y así lo dijo en la sesión de junio del Pleno del Comité Central. Había, dijo, que distinguir entre el militante que apenas tiene actividad de Partido porque se la suda todo, del que no la tiene porque carece de la formación adecuada, que el Partido no le ha provisto.

De todas formas, como bien sabemos el año 1936 fue el del comienzo del Terror propiamente dicho. El Terror, en realidad, tal y como ya hemos descrito, había comenzado un año antes; pero sólo para los pringaos. Ahora, sin embargo, el objetivo de Stalin era “desenmascarar” una gran conspiración desde arriba, con participación de gentes de ésas que pensaban que las purgas nunca les tocarían.

Todo comenzó con el juicio de enero de 1935, en el que Zinoviev y Kamenev, junto con otros, confesaron haber sido poco cuidadosos con las veleidades contrarrevolucionarias de las gentes del supuesto “centro de Leningrado”. Tras ser condenados, ambos fueron enviados a la prisión de Verkhne-Uralsk. En septiembre, los dos fueron llevados a Moscú y sometidos a un segundo juicio, secreto, con otros 34 acusados, imputados por preparar un atentado contra Stalin. Kamenev lo negó todo, y la respuesta fue doblarle la sentencia de cinco años que le había caído en enero.

En abril de 1935, la NKVD fue coleccionando antiguos opositores de izquierdas y derechas dentro del Partido, presos en diferentes cárceles y campos de trabajo a lo largo y ancho de la URSS, y se los trajo a la Lubianka. Eran unos 300, pero se seleccionaron unos quince que fueron “trabajados” a conciencia para que reconociesen la existencia de una conspiración de altos vuelos contra Stalin y el Partido; el pretexto que estaba buscando el secretario general para su gran purga. Stalin personalmente autorizó el uso de “cualquier método de interrogatorio”.

El gran juicio fue montado desde ahí. Los ingredientes fueron: por supuesto, Zinoviev y Kamenev, claro, puesto que la conspiración había de ser una conspiración trotskista-zinovievista; aquellos de los anteriores opositores que no aguantaron las hostias; toneladas de viejos bolcheviques que podían contar que, cuando eran jóvenes, habían podido comprobar que Stalin era un pringao en el Partido; y, también, algunos acusados de pega, que fueron reclutados, por así decirlo, para dar testimonios que ayudasen a los interrogadores de la NKVD a construir los casos y mejorar la capacidad de interrogar a otros. Entre éstos, un tal V. Olberg, que en realidad era agente de la NKVD, declaró que había entrado en la URSS por orden de Trotsky para matar a Stalin; un tal Reingold, dirigente sindical que había tenido relación con Kamenev, trató de salvar el gañote a base de confesar que su amigo le había impulsado a los peores latrocinios. O incluso gente más cercana, como el ex secretario personal de Kamenev, un tal Pickel. Estos imputados fake declaraban cosas. Esas cosas luego se le contaban a los imputados de verdad. De estos imputados de verdad, había algunos que no aguantaban las torturas y confirmaban los relatos. Entonces, los más resistentes eran enfrentados con el hecho de que ya no sólo los mentirosos, sino sus propios compañeros, socios o parientes, habían confesado. Aun así, entre los principales acusados hubo algunos que estuvieron meses resistiendo y negándolo todo.

Para añadir presión a estos acusados y otros futuros, Stalin impulsó una ley, una de las leyes más repugnantes jamás aprobadas por el centralismo, ejem, democrático comunista, que hacía responsables penales plenos a todos los menores mayores de doce años. Pravda tuvo el cuajo de editorializar sobre esta ley argumentando que la culpa era de los conspiradores; que eran ellos los que habían implicado a menores en sus conspiraciones. En realidad, sin embargo, no era sino una manera de tratar de quebrar la resistencia de los acusados, para que tratasen de salvar la vida de sus hijos. En el caso de Kamenev, por ejemplo, Stalin se ocupó personalmente de que fuese informado de que su hijo menor iba a ser acusado de haber vigilado la ruta del coche oficial de Stalin.

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